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Capítulo 6: Las Cadenas del Silencio

El dolor era una constante. No era el dolor físico de las heridas, sino el punzante recordatorio de lo que el collar le había arrebatado. Bryan despertó desorientado, con el sabor a metal en la boca y la cabeza palpitándole. El frío hormigueo en su cuello era la señal inequívoca: el inhibidor seguía activo. Había salvado a su madre y a Natalia, pero a qué precio.

Abrió los ojos. La luz era artificial, dura. Estaba en una celda de hormigón, despojado de todo excepto de unos andrajos de uniforme gris. No había ventanas, solo una puerta metálica pesada con una pequeña mirilla. El aire olía a desinfectante y desesperación.

El lobo. Sentía a su lobo, encerrado en un rincón oscuro de su propia mente, aullando en silencio. Era un lamento que solo él podía oír, un vínculo roto, una parte de su ser mutilada. Intentó llamarlo, una y otra vez, pero solo encontró un muro de agonía eléctrica que le quemaba las terminaciones nerviosas en el cuello. El collar lo había silenciado. Era como si una parte de él hubiera muerto.

Horas, quizás días, se confundieron en una niebla de hambre, sed y la incesante tortura de un sueño que nunca llegaba. Recordaba los ojos de Natalia, llenos de terror y amor, mientras se la llevaban. Recordaba el gruñido de Derek, el Alfa herido que, irónicamente, se había sacrificado por él. ¿Habrían llegado a un lugar seguro? ¿Estaría su madre a salvo? Esas preguntas eran la única luz en su oscuridad.

La puerta metálica se abrió con un silbido hidráulico. La luz del pasillo lo cegó. Entró el Coronel Vance, impecablemente uniformado, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de él, dos guardias armados con rifles de asalto y tranquilizantes.

—Bienvenido a tu nuevo hogar, Sangre Pura —dijo Vance, con un tono burlón—. Espero que estés cómodo. Tenemos grandes planes para ti.

Bryan intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. Las piernas le fallaron. Se sentía débil, vacío. —Déjalos en paz —gruñó Bryan, su voz áspera por la falta de uso.

Vance soltó una carcajada. —No te preocupes por la loba anciana y el Alfa patético. Están en su lugar. Pero tú, Bryan… tú eres especial. Tu sangre es la llave para entender cómo coexistir con la bestia, cómo controlarla. Y te aseguro que lo descubriremos.

Los días se transformaron en una rutina brutal. Vance lo sometía a pruebas interminables. Análisis de sangre, inyecciones, monitores pegados a su piel. Buscaban el secreto de su ADN, la esencia de su licantropía. A veces, Bryan se concentraba, intentando sentir el bosque, el viento, a Natalia. Pero solo encontraba el muro eléctrico del collar.

Una noche, cuando la desesperación era casi palpable, una pequeña rata se coló por una rendija en su celda. Bryan la observó. Era pequeña, sucia, pero libre. La rata corrió por el suelo, oliendo cada rincón, buscando una salida.

Bryan se vio reflejado en ella. Encerrado, pero con la chispa de la vida aún ardiendo. Miró el collar que oprimía su cuello. Sabía que no podía romperlo por la fuerza; lo había intentado. Pero quizás… quizás podía entenderlo.

Empezó a estudiar la rutina de los guardias, el sonido de las cerraduras, el parpadeo de las luces. Su mente, forzada a no recurrir a sus instintos lobunos, comenzó a afilarse de una manera diferente. Recordó las palabras de Derek: "Si sobrevives a la luna llena, pelearemos por el trono". Y las de Natalia: "Volveré por ti".

Esa misma noche, Bryan notó que la rata regresaba, llevando un pequeño trozo de pan. La rata miró a Bryan, casi con entendimiento. En su pequeña prisión de hormigón, Bryan sonrió por primera vez desde que fue capturado. Si la rata podía encontrar comida y sobrevivir, él también podía. Tenía que volver al bosque. Por su madre, por Derek, por Natalia.

Horas después, cuando la celda se sumió en el silencio de la noche, Bryan se acercó a la puerta. Su mano tocó el metal frío. No era el metal lo que le interesaba, sino el sistema de cierre. No podía transformarse para forzarlo, pero quizás…

Recordó cómo Vance había abierto la puerta. Un panel numérico. No tenía ni idea de los códigos, pero sabía que la tecnología tenía fallos. Y su mente, forzada a la calma por el collar, estaba percibiendo cosas que antes no notaba.

Bryan cerró los ojos y se concentró, no en el lobo, sino en el silencio de la instalación. El leve zumbido de los sistemas eléctricos, el siseo de la presión de aire. Empezó a diferenciar los tonos. Un patrón. Una secuencia. Como un animal que escucha el latido de su presa, Bryan escuchó el corazón electrónico de la cerradura. No sabía cómo, pero algo en él, una parte más profunda de su ser que el collar no podía silenciar, le decía que podía encontrar la clave.

La luna, invisible para él tras los muros de hormigón, debía estar en su punto más alto. Era la primera luna llena desde su transformación completa, la que Derek dijo que lo volvería loco. Pero aquí, en esta jaula, su locura se estaba convirtiendo en una nueva forma de fuerza. El lobo seguía aullando en silencio, pero Bryan, el humano, estaba aprendiendo a escuchar otros sonidos.

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