Mundo ficciónIniciar sesiónEl monitor de seguridad parpadeaba, mostrando la imagen de la loba gris encadenada. Bryan sintió que el aire en la cueva se volvía irrespirable. El vínculo biológico, ese hilo invisible que lo unía a su madre, tiraba de él con una fuerza que amenazaba con desgarrar su pecho.
—Es una trampa, Bryan —dijo Natalia, poniéndole una mano en el hombro. Su tacto, antes reconfortante, ahora se sentía como una distracción—. Mi padre sabe que no puedes resistirte. Si sales ahora, no habrá magia que te salve de esas ballestas.
Bryan se soltó de su agarre, con los ojos inyectados en sangre. —Es mi madre, Natalia. La han torturado durante veinte años mientras yo vivía una mentira. ¿Esperas que me quede aquí mirando una pantalla?
Derek, que hasta ahora había permanecido en silencio observando la imagen, soltó un gruñido bajo. —La humana tiene razón por una vez. El Coronel Vance, su padre, es un estratega. Esas ballestas tienen puntas de plata líquida; un solo roce y tus pulmones se colapsarán en segundos.
—¿Y desde cuándo te importa mi vida, Derek? —espetó Bryan, girándose hacia el Alfa—. Tú querías matarme hace una hora.
—Prefiero matarte yo mismo en un duelo justo que ver cómo los humanos exhiben tu cabeza como un trofeo de caza —respondió Derek con una frialdad absoluta—. Además, si Vance recupera el control de Eldoria usando tu sangre, mi manada desaparecerá.
Derek se acercó al mapa de la cueva y señaló un punto detrás de las líneas de los cazadores. —Hay un túnel de ventilación que sale cerca del arroyo. Si Natalia distrae a los guardias con un velo de niebla, podríamos flanquearlos. Pero solo tenemos una oportunidad.
Natalia asintió, aunque el miedo en sus ojos era evidente. —Puedo crear la distracción, pero me agotará. Después de eso, estaréis solos.
Bryan miró a sus dos acompañantes. El hombre que traicionó a su linaje y la mujer que le había ocultado su origen. Eran sus únicos aliados. —Hagámoslo —sentenció.
Salieron por el túnel, arrastrándose entre la humedad y el frío. Al emerger cerca del arroyo, el olor a pólvora y queroseno era asfixiante. A través de los arbustos, Bryan vio a su madre. Estaba echada sobre la tierra, sus costillas se marcaban bajo la piel y sus ojos, del mismo color que los de Bryan, buscaban desesperadamente una sombra de esperanza en el bosque.
—Ahora —susurró Natalia.
Ella cerró los ojos y un susurro en una lengua olvidada escapó de sus labios. Una niebla espesa, antinatural y fría, comenzó a brotar del suelo, envolviendo el campamento de los cazadores. Los gritos de confusión no tardaron en llegar.
—¡No veo nada! ¡Activen las térmicas! —gritó la voz del Coronel Vance.
Bryan y Derek se lanzaron como sombras entre la bruma. Derek se movía con la precisión de un veterano, eliminando a los guardias periféricos sin emitir un solo sonido. Bryan, guiado por el instinto, llegó directo a la jaula.
Con una fuerza bruta que ni él mismo sabía que poseía, Bryan arrancó los barrotes de hierro. La loba alzó la vista, y por un segundo, el tiempo se detuvo.
—Madre… —susurró Bryan, regresando parcialmente a su forma humana para que ella pudiera reconocer su rostro.
La loba soltó un quejido lastimero y lamió la mano de su hijo. Pero antes de que Bryan pudiera liberarla de las cadenas de plata, una luz roja de un puntero láser se detuvo justo en su frente.
—Hola, cachorro —la voz del Coronel Vance surgió de la niebla. Estaba de pie sobre un camión blindado, con una ballesta pesada apuntando directamente al corazón de Bryan—. Sabía que vendrías por ella. Eres igual de predecible que tu padre.
—Suéltala —gruñó Bryan, sus colmillos creciendo.
—Oh, la soltaré. Al mismo tiempo que te envíe con ella al infierno —Vance apretó el gatillo.
El tiempo pareció detenerse. Bryan se preparó para el impacto, pero algo —o alguien— se interpuso en la trayectoria.
Un cuerpo grande y pesado chocó contra Bryan, derribándolo justo cuando el proyectil de plata silbaba en el aire. Bryan rodó por el suelo y, al levantarse, vio a Derek de pie, con una flecha de plata clavada profundamente en su hombro izquierdo. El Alfa soltó un alarido de dolor puro, y el humo comenzó a salir de su herida mientras la plata quemaba su carne.
—¡Corre, idiota! —rugió Derek, cayendo de rodillas—. ¡Sácala de aquí!
En ese momento, Natalia emergió de la niebla, pero no estaba sola. Dos rastreadores la tenían sujeta por los brazos, con cuchillos en su garganta.
—¡Bryan, elige! —gritó Vance desde el camión, recargando su arma—. ¡Tu madre encadenada, tu Alfa herido o la mujer que amas! Tienes tres segundos antes de que ordene que le corten el cuello.







