LAURENTH
Me arrodillé al borde de la cama hasta que Lyra, con los ojitos ya pesados, apoyó la cabeza en mi hombro y bostezó como si el mundo entero fuera un lugar seguro y cálido donde dormirse. Sus manitas pequeñas todavía llevaban restos de harina de los queques que habíamos repartido hoy para olvidar la presencia de Ambar, y el olor a cítrico y chocolate flotaba en la habitación como un rastro de felicidad. La acosté con cuidado, le di un último beso en la frente y la arropé. Miró a Kaelan c