LAURENTH
El carruaje pasó por unas enormes puertas de piedra custodiadas por dos lobos imponentes. Apenas vieron la insignia, inclinaron la cabeza en reverencia. Sin dudar. Sin titubear.
Extraño.
Pero ok.
Dos pasos más… y el aire cambió. Soldados en formación aguardaban en la entrada. Y entonces ocurrió: todos, absolutamente todos, se hincaron al unísono.
—¿Eh…? —susurré, frunciendo el ceño. Había estado en manadas grandes, había visto alfas y ceremonias, pero jamás había presenciado algo así.