LAURENTH
Cuando Kaelan me guió hasta la cocina, sentí de inmediato el ambiente tensarse. Apenas cruzamos la puerta, la servidumbre se paralizó. Cucharas cayendo en cazuelas, platos detenidos a mitad de camino, ojos como platos.
—Su majestad… —susurró una cocinera, inclinando la cabeza como si hubiese visto un fantasma—. ¿Qué… qué hace aquí?
Kaelan arqueó una ceja, divertido.
—Vengo a cenar.
La mujer palideció. Una de las ayudantes casi dejó caer una olla al suelo. Estaba claro: el rey jamás pis