El pasillo olía a madera vieja y pólvora. La puerta principal había cedido con un bramido y ahora los pasos de la policía polaca y del equipo de Andújar devoraban la casona como un incendio bien dirigido. Thiago avanzó al frente, el chaleco duro contra el pecho, siguiendo el hilo más infalible del mundo: el llanto de su hijo, quebrando el silencio a golpes.
—Habitaciones despejadas a la izquierda —informó un agente por radio.
—Prioridad al sonido del niño —ordenó Andújar sin bajar el arma—. Thi