El eco del último disparo todavía vibraba en los muros cuando los agentes irrumpieron en tropel. Gritos en polaco llenaron la casona, botas golpearon la madera, esposas tintinearon. El caos comenzaba a ordenarse a la fuerza.
Thiago, con el corazón desbocado, se incorporó despacio del suelo. El pequeño lloraba contra su pecho, tibio, vivo. Lo cubrió con sus brazos como si pudiera fundirse con él. Durante un instante, el mundo entero se redujo a ese llanto.
—Estás bien mi campeón… estás a salvo —