El motor del coche negro zumbaba suave sobre el asfalto mojado, y la ciudad quedaba atrás en una estela de luces distorsionadas por la lluvia. Valeria sostenía a Clara contra su pecho, envuelta en su abrigo improvisado. No era un adiós, se repetía a sí misma. Era una pausa. Una necesaria. Una que salvaría vidas.
El aeropuerto privado estaba preparado para la salida. Gabriel Araújo, el agente del FBI, había activado un protocolo discreto de extracción, sin notificaciones públicas, sin rastros ad