El silencio que reinaba en la sala de juntas del hospital era inusualmente denso. No se escuchaba el zumbido de los fluorescentes, ni el chirrido de sillas mal ajustadas. Solo respiraciones contenidas, teclados en pausa y las miradas expectantes de un comité médico que no se atrevía a pestañear.
Valeria entró con paso firme, bata blanca perfectamente entallada, cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar y los labios pintados con un rojo sutil, pero desafiante. Detrás de ella, el Dr. Nav