La noche había caído sobre el hospital con una calma sospechosa. Demasiado silencio. Demasiadas sonrisas forzadas. Valeria lo sentía en los pasillos, en las miradas desviadas y en los saludos que sonaban más a vigilancia que a cortesía.
Pero no importaba. Era la noche perfecta para ejecutar su jugada.
Vestía de civil, con vaqueros oscuros, camiseta blanca y su bata médica que le permitía moverse con sigilo por las áreas restringidas sin levantar sospechas. A esa hora, pocos sabían que aún estab