El silencio del sótano del hospital era espeso, como si las paredes supieran que lo que estaba a punto de decirse iba a cambiarlo todo. Valeria se acomodó en una silla vieja que había frente a donde se encontraba sentado el doctor Alberto Santillán, cruzando las piernas con la serenidad estudiada de quien entra a un quirófano con el pecho en llamas pero el pulso firme.
Él la observaba con atención, los ojos hundidos y cansados, pero sin perder un ápice de esa inteligencia aguda que lo había con