El sótano del hospital no tenía nada que ver con el resto del edificio. Allí abajo, los pasillos eran angostos, mal iluminados y olían a humedad estancada y archivos viejos. Valeria caminaba con paso firme, aunque por dentro su instinto gritaba que no era buena idea ir sola.
Pero si algo no era Valeria Ríos… era cobarde.
Al fondo, una luz parpadeaba fuera de una sala de mantenimiento. Ella empujó la puerta lentamente.
Dentro, había un hombre de unos 40 años, cabello castaño despeinado, con una