El aire frío de Ginebra me golpeó apenas cruzamos las puertas automáticas del hospital, al menos habia dejado de llover. Sentí que se me helaban las manos aunque las tenía metidas en los bolsillos de mi abrigo. Alex caminaba a mi lado, con la cabeza baja, como si cada paso le costara un poco más que el anterior. No decía nada, y yo tampoco. Entre nosotros había un silencio que no era incómodo, pero sí denso, como si las palabras que queríamos decir estuvieran atrapadas detrás de la garganta.
No