El aire fresco de Ginebra me recibió apenas crucé la puerta del hospital. El cielo estaba cubierto de nubes suaves, que dejaban pasar algunos destellos de luz, como si el día no terminara de decidirse entre la claridad y la melancolía. Caminé sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos de mi abrigo, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo mis zapatos. Mi corazón seguía desbocado después de la mañana en el hospital; no podía sacarme de la cabeza la imagen de Sofía, frágil pero c