Me senté en la orilla de la cama, aún con la sensación del desayuno reciente en el estómago y el corazón un poco agitado. La nota de Alex estaba bien guardada en mi cartera, como si fuese un amuleto. La había leído tantas veces que podía recitarla de memoria, pero no me cansaba: su letra firme, sus palabras agradecidas, la manera en que me había confesado que me quería.
Tomé de nuevo el celular y me quedé mirándolo unos segundos. No sabía bien qué escribirle sin sonar repetitiva o demasiado ansi