Un leve temblor recorrió el fuselaje del avión y me obligó a alzar la vista. La pantalla del respaldo marcaba la cuenta regresiva: veinte minutos para aterrizar en Ginebra. Afuera, las nubes habían comenzado a disolverse, revelando un paisaje de montañas lejanas, cubiertas de un blanco tenue, como si la ciudad nos recibiera envuelta en silencio.
Alex seguía dormido sobre mi hombro. Llevaba casi una hora así. Él con los párpados cerrados, la respiración estable, y yo… despierta, entera, con su l