El aire en Ginebra era distinto. Apenas salimos del aeropuerto, una ráfaga fría nos dio la bienvenida, cortando el rostro con la precisión de una hoja delgada, afilada, antigua. La ciudad no tenía nada de ese bullicio caótico de Barcelona, ni el sol fuerte de Lima, ni la humedad nerviosa de otros aeropuertos. Ginebra parecía ordenada, casi contenida, como si supiera que debía moverse con cuidado porque algo sagrado estaba por ocurrir.
Alex se detuvo un momento en la vereda, justo antes de cruza