Livia siempre se despertaba antes que todos. Era la primera en encender la cafetera, abrir las cortinas y regar las plantas. Reik, desde años, decía que la casa se sentía viva solo cuando la escuchaba caminar con sus pantuflas rosas.
Ese día, sin embargo, la cafetera no hizo ruido. La cortina no se abrió. Y las plantas, aunque húmedas de la llovizna nocturna, no recibieron su saludo de buenos días.
—¿Abuela? —preguntó Roselin, asomándose a su habitación.
La viejita yacía acostada, tranquila, c