capítulo 34
Máximo no esperó a que el sol saliera sobre el Atlántico para dar por terminada su estancia en Londres. En cuanto la última firma fue estampada en el contrato, se dirigió al aeropuerto con una urgencia casi violenta. No hubo despedidas lujosas ni celebraciones por el éxito financiero; durante las diez horas de vuelo, el jet privado de los Boran cortó las nubes como una flecha, impulsado por el estado mental de un hombre que sentía que su mundo estaba siendo invadido.

Llegó a Seattle a las tres
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