Máximo entró en su oficina como un huracán de medianoche. A pesar de haber pasado la madrugada con Amanda, no había rastro de cansancio en sus facciones; solo una determinación gélida que hacía que el personal de seguridad se apartara a su paso.
En el centro de su despacho privado, sentada en una silla de cuero y rodeada por dos de los hombres de confianza de Sebastián, estaba Elena. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos y sus ojos, enrojecidos por el ll