capítulo 23

El silencio en la habitación 402 de la clínica era pesado, cargado con el olor estéril del antiséptico y el pitido rítmico, casi acusador, de los monitores que vigilaban el corazón de Amanda. Para Máximo, cada segundo era una tortura de autodesprecio. No se había movido de la silla junto a la cama en toda la noche; permanecía allí como un centinela caído, con la ropa arrugada, el cabello desordenado por la ansiedad y los ojos inyectados en sangre.Sus ojos verdes, que usualmente proyectaban el

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