Máximo regresó a la clínica apenas una hora después, con los nudillos todavía blancos por la tensión de haber sostenido el teléfono mientras coordinaba la cacería de Tomás. Su mente estaba dividida entre la furia y la esperanza de que, al ver a Amanda nuevamente, sus ojos verdes pudieran transmitirle la sinceridad que sus palabras no habían logrado. Sin embargo, al cruzar el umbral de la habitación 402, el mundo se detuvo de golpe.
La cama estaba vacía. Las sábanas blancas, ligeramente arruga