Sobre el escritorio de la oficina de presidencia, los documentos estaban desordenados, algunos con manchas de café y otros arrugados.
Daniel caminaba de un lado para otro, sin quitarse la chaqueta de su traje, ni aflojar el nudo de la corbata, a pesar de la presión en su pecho, su respiración era irregular, llena de un odio que le quemaba por dentro.
Desde la pantalla del televisor, la imagen de una subasta, la empresa de su padre ya en quiebra por la bajada dramática de las acciones, estaba