El silencio en la sala duró apenas un segundo, el tiempo justo para que Mari tragara saliva y sintiera el corazón golpearle el pecho.
Dante y Mario estaban frente a ella, con los ojos muy abiertos, asustados y respirando rápido, después de todo, aun con sus errores, se trataba de su padre.
Mari pasó una mano por el cabello de cada uno, tomándose un par de segundos para controlar el temblor de sus propias manos y los miró directo.
— Escúchenme… — Soltó Mari con voz baja y suave, pero firme. —