Mari salió de la habitación de los niños después de arroparlos, darles un beso suave en la frente y apagar la luz, ambos dormían profundamente, agotados por el día de diversión familiar, hacía mucho tiempo que los pequeños no compartían así, entre juegos y risas con su mamá.
Cuando cerró la puerta, David ya la estaba esperando en el pasillo, recostado suavemente en la pared, con los brazos cruzados y la expresión tranquila.
— ¿Se durmieron? — Preguntó David con voz baja.
— Sí… — Mari asintió