Estaba atardeciendo y David llegó a la casa de Mari con la sensación de que cada minuto perdido podía ser crucial.
El cielo comenzaba a teñirse de un naranja intenso, y el reflejo dorado sobre el agua del lago, cercano a la casa, irradiaba paz.
Él estacionó la camioneta con cuidado, observando desde la distancia cada ventana iluminada de la casa, esperando ver a Mari.
David necesitaba hablar con ella antes de que cualquier problema se agravara, antes de que esas mujeres intentaran algo.
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