Lena jadeó al despertar. Abrió los ojos lentamente, sintiendo los párpados pesados como plomos mientras los recuerdos irrumpían de golpe en su conciencia: fragmentos de cómo corría en pánico, de esa mirada impenetrable y helada, imágenes borrosas de cómo la subieron a la fuerza a un carro. Todo se mezclaba en su cabeza como un torbellino de confusión. Antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, una voz áspera la ancló a la realidad.
—¡Por fin despertaste, mi querida Lena!
Ese tono le erizó l