Gema se despertó con pereza y se estiró en la cama. Abrazó la almohada y, al inhalar un aroma a limón amielado, abrió los ojos de repente. Se incorporó de un salto, allí se dio cuenta de que no estaba en su propia cama. Miró a su alrededor, desconcertada, y entonces notó que solo estaba en ropa interior.
—Dios mío, ¿qué hice anoche? —Masajeó lentamente sus sienes, tratando de aliviar la punzada de dolor de cabeza que comenzaba a perturbarla. Luego examinó rápidamente su cuerpo. Al no ver, ni se