En el carro reinaba el silencio. Lena miraba por la ventanilla cómo el paisaje de la vida nocturna desaparecía bajo las luces tenues de las calles.
La emoción brillaba en la mirada de Lena. La tormenta había pasado, dejando en sus ojos la tranquilidad de un océano en calma. Sobre la consola, sus dedos permanecían entrelazados con los de Bruno, quien cada minuto se llevaba su mano a los labios y depositaba sobre sus nudillos un beso suave.
De repente, el teléfono de Bruno vibró con un zumbido co