Dante
Cuando finalmente terminé de comer, esperé media hora antes de levantarme. De reojo, vi a Antonella. Estaba absorta, la mirada perdida entre algunas parejas que reían en otras mesas. Yo solo quería irme ya. No entendía qué hacía aún ahí, compartiendo mesa con una empleada. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me había sentado con ella en primer lugar? Algo no estaba bien.
Tal vez era lástima.
La señora Loreta Guzmán me contó lo que Antonella había vivido… lo que le hicieron sus propios padres al enterarse de que estaba embarazada. No tiene a nadie. Ni siquiera el padre de los gemelos que lleva dentro ha estado presente. Tenía pensado despedirla, lo confieso. Pero no fui capaz. No sé por qué. Quizás porque se le nota en los ojos el deseo genuino de conservar el trabajo, de salir adelante. Así que le dije a Loreta que la dejaría quedarse por un tiempo.
Me levanté de la silla dispuesto a irme, y entonces escuché su voz:
—Señor Belmonth … ¿ya se va?
—Sí. Ya me aburrí. Nos vemos. Cuídese. Y no f