Antonella
Abrí los ojos con dificultad. Sentía los párpados pesados y el pitido constante de la máquina a mi lado me confirmó lo obvio, estaba internada en un hospital. Intenté incorporarme, impulsándome con los codos, pero una enfermera me detuvo con suavidad.
—Tranquila, señorita —me hablo con una voz serena—. No puede levantarse aún, esta débil y necesita reposo absoluto. Quédese tranquila.
—Es que… —balbuceé con la garganta seca— no tengo cómo pagar este hospital. No puedo quedarme.— Y era