Antonella.
Cuando salí del supermercado, caminé hacia donde pudiera agarrar un taxi. Pero a lo lejos vi una figura conocida. Era ella: mi hermana. Me vio y se acercó con paso apurado.
—¡Antonella! —dijo, mirándome de pies a cabeza—. ¡Wow! Ya se te nota un poco la panza, no lo puedo creer.
—¿Qué quieres? —le dije seca.
—Nada… solo te estoy saludando.
—Ok, haz como que no me conoces.
—¡Vaya, pero qué odiosa eres! Pensé que ibas a estar mendigando en la calle.
—Pues resulta que no. Soy una mujer q