Las llamas se veían desde el foso donde Thomas se acechaba, lenguas bífidas de un naranja enfermizo que lamían la negrura del cielo de Northumbria con una voracidad obscena. Era la segunda luna que pasaba sin que pudiera ver el rostro de su esposa, aquel faro de porcelana en medio de su tormenta, ni acariciar la curva milagrosa de su vientre, donde el futuro de Inglaterra latía ajeno a la carnicería exterior. Se maldecía a sí mismo en el altar de su propio silencio; las innombrables veces que l