En el campo de batalla, el sol comenzó finalmente a asomar por el horizonte, pero no trajo la promesa de la luz ni el consuelo del calor. Trajo, en su lugar, una claridad cruda, una iluminación quirúrgica y despiadada que reveló la magnitud exacta de la carnicería con una impasibilidad que helaba la sangre. El amanecer no era un heraldo de esperanza, sino un testigo indiferente que desnudaba la vergüenza de los hombres bajo un cielo de color ceniza. Miles de cuerpos yacían en el suelo de la fro