El sueño no había sido un refugio, sino una fosa común donde Catherine se ocultó durante dos ciclos solares. Despertar fue como ser expulsada de nuevo por un útero de granito: frío, violento, innecesario. El cansancio que arrastraba no era el simple agotamiento de los miembros tras el esfuerzo hercúleo del parto, sino una erosión del alma, un peso metafísico que a cualquier otro mortal le habría astillado la columna vertebral hasta dejarlo convertido en un montón de nervios expuestos y carne tr