XXIX

El sueño no había sido un refugio, sino una fosa común donde Catherine se ocultó durante dos ciclos solares. Despertar fue como ser expulsada de nuevo por un útero de granito: frío, violento, innecesario. El cansancio que arrastraba no era el simple agotamiento de los miembros tras el esfuerzo hercúleo del parto, sino una erosión del alma, un peso metafísico que a cualquier otro mortal le habría astillado la columna vertebral hasta dejarlo convertido en un montón de nervios expuestos y carne tr
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