Las horas en el castillo de Inglaterra no transcurrían con la ligereza cronológica del mundo de los vivos; se arrastraban con la pesadez necrótica de los insectos que ya reclamaban su diezmo sobre el trono de Inglaterra. El aire en la alcoba real, antes perfumado con incienso de las iglesias y el sudor del esfuerzo bélico, comenzó a invocar de manera inevitable y casi litúrgica la putrefacción de Thomas. A pesar de los hilos de seda con los que Raluca había intentado reconstruir la dignidad del