El Conde Vlad observó una vez más el frágil cuerpo de su amada, una visión de porcelana agrietada que desprendía un excitante y punzante aroma a sangre fresca. Para sus sentidos sobrehumanos, aquel efluvio no era una señal de alarma, sino un perfume embriagador, una invitación carnal que nacía de las entrañas de la mujer que pretendía reclamar como suya. Se preguntaba, con una curiosidad casi científica y perversa, cómo podía estar tan distribuido aquel dulce aroma en un cuero tan delicado; cad