Catherine intentó ascender la escalinata, pero cada peldaño de piedra se sentía como una guillotina descendiendo sobre su voluntad. Sus piernas, que en otro tiempo habían caminado con la altivez de una deidad por los salones de mármol de Inglaterra, eran ahora dos columnas de tejido hinchado, deformadas por un edema postparto que convertía el flujo sanguíneo en un peso de plomo. Sentía como si miles de agujas de hierro candente fueran clavadas rítmicamente bajo su piel, perforando los nervios q