Los gritos de desesperación de Catherine no eran simples sonidos; eran jirones de alma que se desgarraban contra las piedras frías de la prisión, dejando una costra de dolor invisible en cada poro del granito. Aquel lamento no pertenecía al mundo de los vivos, sino a ese espacio liminal donde la vida lucha por no ser devorada por la nada. Al otro lado de la reja, Edward escuchaba aquel lamento convertido en una sinfonía de agonía, una música discordante que le taladraba los tímpanos y le helaba