La espesa y amarillenta sustancia que arrojaba la carne asada al fuego —una grasa rancia mezclada con el icor de un prisionero cuya identidad ya no importaba, pues su único propósito ahora era nutrir al depredador— se esparcía sin control sobre el grueso cabello azabache que caía, como una cascada de sombras nocturnas, sobre las ropas teñidas de sangre seca del guerrero. Dravenhild masticaba con una parsimonia aterradora, sus mandíbulas triturando el cartílago y la fibra con un ritmo hipnótico