Mundo ficciónIniciar sesiónLa espesa y amarillenta sustancia que arrojaba la carne asada al fuego —una grasa rancia mezclada con el icor de un prisionero cuya identidad ya no importaba, pues su único propósito ahora era nutrir al depredador— se esparcía sin control sobre el grueso cabello azabache que caía, como una cascada de sombras nocturnas, sobre las ropas teñidas de sangre seca del guerrero. Dravenhild masticaba con una parsimonia aterradora, sus mandíbulas triturando el cartílago y la fibra con un ritmo hipnótico que helaba la sangre de los presentes. Su mirada no era la de un hombre nacido de mujer, sino que era comparada con los rayos que, sin piedad ni aviso, azotaban el bravío mar del norte, perforando las nubes negras y haciendo doblegar a las olas ante su magnificencia eléctrica y destructora. Había un vacío absoluto en sus pupilas, el vacío de quien ya no reconoce las leyes de los hombres, sino solo la ley de la necesidad primaria.
Sus manos, viscosas por la grasa caliente y los fluidos corporales que aún humeaban en el cuenco de madera, rozaban con una delicadeza animal la piel tensa de su esposa. Ella se estremecía bajo su tacto, un escalofrío que bailaba en la frontera entre el pavor y el éxtasis. A pesar de lo que su hombre ingería —aquella comunión prohibida con la carne de sus enemigos, un ritual que pretendía absorber la fuerza del caído—, ella lo veía tan viril, tan imbuido de una esencia divina y monstruosa a la vez, que le era imposible sentir el más mínimo asco o repugnancia hacia él. Para ella, Dravenhild era el eje de un universo que se regía por la ley del colmillo y la garra. Él era el sol negro de su mundo. Dravenhild, con los labios aún manchados de un rojo brillante, espeso y ferroso, selló su ternura con un beso lujurioso que sabía a muerte reciente y hierro oxidado. Los testigos de la fiesta —nobles de menor rango cuyos estómagos se revolvían ante las actividades del hijo del líder— bajaban la mirada hacia sus jarras de hidromiel y aplaudían con un temor servil. Cada vívido detalle de la escena era una advertencia silenciosa: en ese salón, la humanidad era un lujo que nadie podía permitirse. Incluso los rehenes, encadenados a los pilares de madera que sostenían el techo ahumado, observaban con ojos desorbitados por el trauma cómo los restos de su propio señor se convertían en el combustible para la furia de Dravenhild, el Portador del Martillo. El olor en la estancia era insoportable: una mezcla de sudor rancio, carne quemada y el aroma metálico del miedo acumulado. Las risas guturales y los cánticos de guerra, que resonaban como golpes de hacha contra un escudo, menguaron bruscamente cuando uno de sus hermanos de sangre ingresó al salón. No venía solo; escoltaba a un mensajero que parecía más un cadáver animado por el puro terror que un ser vivo. Sus ropas eran andrajosos harapos empapados en agua salada y costras de sal; sus carnes presentaban latigazos y laceraciones infectadas que supuraban un pus grisáceo y maloliente. Al llegar al centro del salón, sus piernas cedieron y se arrojó a los pies del estrado con una tos violenta que salpicó de saliva sanguinolenta a la alfombra de piel de oso. Dravenhild se puso en pie. Cada paso que daba sobre la vieja madera del salón hacía crujir los cimientos de la casa entera, como si el peso de su destino fuera físico. Se detuvo frente al moribundo y lo analizó con la meticulosidad de un carnicero profesional ante una res de primera calidad. Sus ojos buscaban alguna herida específica, algún mensaje tallado en la piel por la mano de su padre, una señal que solo los iniciados en la guerra pudieran descifrar. —Dravenhild... —la voz del mensajero era un susurro quebrado, un estertor que luchaba contra el silencio absoluto del salón—. Él... ha muerto. —¿Quién ha muerto? —preguntó Dravenhild. Su voz era un rugido contenido, la calma pavorosa que precede al hundimiento definitivo de un barco en alta mar. —Skorvald. Tu padre... El Rey del Mar Negro ha caído bajo el acero de los sajones. Su cabeza es ahora un trofeo en sus carpas de seda. El final del mensaje fue la sentencia de muerte para el mensajero; sus ojos se pusieron en blanco mientras el último aliento escapaba de sus pulmones destrozados. Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Todos conocían la fiereza de Skorvald; su muerte era un concepto imposible de procesar, como si alguien dijera que el océano mismo se había secado. Dravenhild sintió cómo un rincón oscuro de su rocoso pecho se expandía, una marea de bilis negra que devoraba la poca luz que quedaba en su espíritu. Había esperado el regreso de su padre con un entusiasmo casi infantil, oculto tras su máscara de guerrero, deseando una reconciliación que ya nunca germinaría. Recordó, con un peso de remordimiento que le quemaba las entrañas como carbón encendido, cómo había apoyado a su tío en la fallida incursión de Northumbria sin el permiso paterno. Aquella decisión, nacida de la impaciencia juvenil y la sed de gloria, se convertía ahora en un clavo ardiendo en su corazón. Dravenhild no era un hombre hecho para las lágrimas; el líquido que brotaba de sus ojos habría sido ácido. Su dolor se transformaba en una inestabilidad psíquica inmediata, un cambio de humor tan drástico que sus propios guardias retrocedieron, temiendo ser las próximas víctimas de su furia. Aquel pesado sentir no salió por sus ojos, sino que se almacenó como un veneno concentrado en sus músculos. La sed de venganza comenzó a hervir, una promesa de que Inglaterra entera ardería hasta que el cielo se tiñera del mismo color que la sangre de su padre. Con sus fuertes piernas resonando como tambores de ejecución, se dirigió hacia el centro de la aldea, saliendo del salón hacia el frío cortante del exterior. Su voz áspera, que imponía una autoridad que parecía emanar de las mismas rocas milenarias de los fiordos, motivó a los soldados que acababan de regresar de sus propias travesías. Eran hombres del mismo espíritu: guerreros cuya única oración era el choque del metal, dispuestos a entregar su vida por un plan que garantizara la supervivencia de sus mujeres y niños bajo el puño de hierro de un nuevo y más despiadado rey. —¡Entrenamiento para los débiles! —exclamó Dravenhild, y su voz fue devuelta por el eco de las montañas—. ¡Que las mujeres de espíritu de caza tomen el arco y la lanza! No partiremos hacia Inglaterra como saqueadores, sino como el fin del mundo. No zarparemos hasta que nuestras tierras sean un erizo de espinas que nadie, ni hombre ni ser, se atreva a tocar en mi ausencia. Mientras tanto, a leguas de distancia, en las frías y neblinosas tierras de Inglaterra, el panorama era el opuesto absoluto, aunque igual de inquietante. El rey Thomas regresaba con una pompa que deslumbraba incluso bajo el cielo plomizo, cargado de nubes que amenazaban con una tormenta de proporciones épicas. La felicidad de los súbditos era un rugido gutural que acallaba el silbido del viento. Los soldados, con sus armaduras plateadas reluciendo bajo la luz pálida del atardecer, disfrutaban del gozo que la multitud les arrojaba en forma de vítores y pétalos de flores marchitas por el frío. Los niños jugaban entre las patas de los caballos, ajenos a la sangre que aún manchaba las hendiduras de las corazas de sus héroes, percibiendo una libertad que solo el retorno de un monarca victorioso puede otorgar. Las mujeres de la vida galante, envueltas en perfumes baratos que apenas ocultaban el olor a sudor y sedas de colores chillones, invitaban a los hombres de armas a celebraciones de carne, vino y olvido. Pero en medio de aquella fiesta palpitante, Thomas no buscaba el aplauso de las masas hambrientas. Su alma, agotada por el peso de la corona y el recuerdo de los degollados, anhelaba ver a la mujer que había capturado cada fibra de su esencia, la única que podía acallar los gritos de los muertos en su cabeza. En el interior del palacio, el eco de zapatos incómodos —lujosos pero restrictivos— resonaba en los pasillos de mármol frío. Catherine se había preparado con una disciplina casi militar para ese momento. Su cuerpo estaba decorado con las joyas que Thomas mismo había diseñado para ella en momentos de paz, coronada por una tiara de diamantes cuya frialdad alzada acentuaba sus virtudes y, al mismo tiempo, ocultaba sus miedos más profundos. Raluca, su dama de confianza y la única que conocía las grietas en su máscara de porcelana, percibía el estrés en la rigidez antinatural de sus hombros. El corazón de la reina latía con tal violencia contra sus costillas que parecía una criatura atrapada queriendo escapar de su corsé de seda. La corte, ese nido de víboras expertas en la hipocresía y el arte de la puñalada por la espalda, había preparado discursos inflados de adjetivos innecesarios para endulzar el oído del rey. Los nobles leales, aunque entregados a la causa, seguían practicando los hábitos de adulación que la Emperatriz Viuda les había inculcado como un dogma religioso durante años. Thomas, sin embargo, siempre había odiado ese teatro de sombras. Había visto de primera mano cómo la adulación constante había corrompido el juicio de su madre, convirtiéndola en la estratega amarga y resentida que era hoy, una mujer que amaba el poder más que a su propia sangre. Ahora, solo quedaba entre ellos el respeto formal que el protocolo exigía: un muro de hielo infranqueable que ninguno de los dos se atrevía a romper por miedo a desatar una inundación de verdades dolorosas. Las trompetas de plata, largas y brillantes, dieron el aviso final: el Rey estaba en las puertas de la ciudadela. Con el corazón en un puño y la respiración contenida, los protectores de la reina —Edward, con su armadura impecable y su alma torturada, y el Conde, con su elegancia depredadora— la vieron marchar hacia la gran entrada. Thomas ingresó montado en su corcel blanco, una bestia noble que parecía entender la importancia del momento. Su armadura estaba amarillenta por el sol de las marismas y cubierta por el polvo de la guerra; sostenía el yelmo bajo el brazo, revelando un rostro cansado pero iluminado por una devoción absoluta. Al ver a Catherine, sus ojos brillaron con una luz que no procedía de la victoria militar, sino de un hambre espiritual. Saltó de la silla antes de que el caballo se detuviera por completo, ignorando el protocolo para caer en los brazos que habían sido su único refugio en sus pesadillas más oscuras. —Mi rey, esta reina te da la bienvenida por tu honorable travesía y por la protección de nuestro hogar —dijo ella, inclinándose con una gracia que ocultaba las lágrimas de alivio que amenazaban con desbordarse. El contacto de sus manos fue como una chispa en un pajar seco. Los súbditos estallaron en vítores, pero ellos estaban solos en su propio universo de carne y alivio. El banquete que siguió fue una orgía de abundancia, un derroche de comida y bebida que pretendía enterrar el recuerdo del hambre en las trincheras. La milicia comió hasta el hartazgo, y los heridos fueron trasladados al nuevo edificio de sanidad que Catherine había supervisado. Los doctores trabajaron arduamente, cosiendo heridas abiertas y amputando lo que el acero enemigo había condenado, con una eficiencia fría que redujo las muertes a una cifra insignificante para los estándares de la época. Sin embargo, la Emperatriz Viuda no estaba allí. No había sido invitada a la mesa principal, un insulto calculado que ardía en sus entrañas más que cualquier veneno de los que ella misma solía preparar. El desacato de Catherine había puesto sus planes al límite de la ruptura. Pero ella, como buena estratega de las sombras y la bilis, sabía que el tiempo es el mejor aliado de la venganza; solo tenía que esperar a que la euforia del regreso se disipara para atacar de nuevo. En la alcoba real, lejos del ruido ensordecedor de la fiesta y del choque de las copas de oro, las lágrimas que Thomas había evitado derramar en público frente a sus generales eran besadas una a una por Catherine. No había espacio para la corona de oro ni para el cetro de mando sobre la cama de dosel; allí solo había carne, sudor y un deseo acumulado durante meses de ausencia. Los incesantes y desesperados "te amo" que Thomas susurraba contra el cuello de su esposa actuaban como una droga poderosa en el sistema de la reina, activando una dopamina que le hacía olvidar temporalmente el nido de serpientes que era su propia corte. Había soñado durante más de un año con este reencuentro, con sentir el calor de su cuerpo contra el de ella, con que él llenase los vacíos que la soledad y la responsabilidad habían excavado en su pecho. Pero la alcoba no era el santuario privado que ellos imaginaban. Fuera de las pesadas puertas de roble, ocultos por la penumbra de las cortinas de terciopelo y el silencio sepulcral de los pasillos, los hombres que la amaban en secreto permanecían como estatuas de sal. Edward, con su honor herido y su mano apretando el pomo de la espada hasta que sus nudillos blanqueaban, y el Conde, con su sed insaciable y sus instintos oscuros, escuchaban los gemidos de placer de su reina. Se preguntaban, con el alma rota y la rabia contenida, cuándo llegaría el día en que ella les viera realmente, cuándo dejarían de ser solo sombras protectoras para convertirse en los dueños de aquel calor que ahora Thomas reclamaba para sí. La oscuridad los consumía, pero se mantenían allí, guardianes de un amor que solo podía florecer en la tragedia.






