Durante días enteros, el mundo exterior dejó de existir. El universo se había contraído hasta los límites de una alcoba real, cuyas paredes de piedra parecían sudar bajo la intensidad de lo que allí ocurría. El aire se había vuelto una sustancia viscosa, un fluido denso atrapado entre tapices que absorbían el aroma a incienso quemado, el sudor rancio de las sábanas de lino y el almizcle metálico de una pasión que bordeaba la desesperación. Catherine y Thomas no solo se amaban; se devoraban con