Mundo ficciónIniciar sesiónDurante días enteros, el mundo exterior dejó de existir. El universo se había contraído hasta los límites de una alcoba real, cuyas paredes de piedra parecían sudar bajo la intensidad de lo que allí ocurría. El aire se había vuelto una sustancia viscosa, un fluido denso atrapado entre tapices que absorbían el aroma a incienso quemado, el sudor rancio de las sábanas de lino y el almizcle metálico de una pasión que bordeaba la desesperación. Catherine y Thomas no solo se amaban; se devoraban con la urgencia de dos náufragos que saben que el océano está a punto de engullirlos. Cada encuentro era un simulacro del juicio final, una batalla donde la única bandera blanca era la fatiga absoluta.
La piel de Catherine, perlada por una transpiración constante que brillaba como mica bajo la luz mortecina de las velas de sebo, se fundía con la anatomía de Thomas en un baile de espasmos, mordiscos y susurros rotos. En la penumbra, sus cuerpos no parecían humanos, sino una sola criatura mitológica luchando por su propia existencia. Thomas no podía apartar la mirada ni un segundo. Verla entregada a los deseos más primarios de la carne, con el cabello enredado y los ojos perdidos en el vacío del placer, le resultaba un poema sangriento. Era una oda a la rendición total, un sacrificio donde él era tanto el sacerdote como la víctima. Cada suspiro que escapaba de los labios de Catherine, rojos e inflamados por los besos voraces que se intercambiaban sin tregua, chocaba contra el pesado dosel de la cama como el eco de una oración pagana en una catedral olvidada.
Por las mañanas, el sol se filtraba como un intruso por las rendijas de las pesadas cortinas de terciopelo. Thomas despertaba con un dolor sordo y pulsante en la base del cráneo, una resaca física provocada por la falta de sueño y la fuerza casi violenta con la que ella lo aferraba durante el clímax. En su espalda, las marcas de las uñas de Catherine se alineaban como estigmas de una devoción absoluta, surcos rojos que escocían al contacto con la ropa, recordándole que ella no aceptaba una entrega a medias.
Ahora, Thomas se sentía completo. No era la mera fricción de los cuerpos lo que lo sostenía, sino una amalgama de amor y un pavor existencial que solo ella podía calmar. Catherine, a pesar de las cicatrices invisibles que el pasado —lleno de abusos, traiciones y sangre— había tallado en su psique, se había arrojado voluntariamente al abismo de este sentimiento. Había permitido que los demonios que antaño la atormentaban por las noches quedaran sofocados, aplastados bajo el peso del cuerpo de su rey. Habían esperado una eternidad, atravesando guerras y complots, para ser finalmente una sola entidad: una bestia de dos espaldas que desafiaba la soledad inherente a la corona.
—Mi rey… —gemía ella en el umbral del sueño, y en su voz no había rastro de la sumisión que la corte esperaba de una reina, sino un reclamo de propiedad absoluto. Era el sonido de una mujer que había conquistado su propio paraíso en medio del infierno.
Un golpe de realidad, seco, persistente y cargado de la frialdad del mundo exterior, destrozó la burbuja de éxtasis. El sonido de los nudillos contra la madera de roble de la puerta principal resonó como una sentencia de muerte. Afuera, el mundo no se había detenido; seguía conspirando, pudriéndose en sus propios resentimientos. Raluca golpeaba con una insistencia febril, su voz filtrándose por las rendijas con noticias que sabían a ceniza y a rancio protocolo. La emperatriz viuda, esa sombra del pasado que Thomas deseaba desterrar, exigía ver a su hijo.
La anciana había llegado no como una madre, sino como una conquistadora caída, con una pompa innecesaria y un despliegue de poder residual que buscaba reclamar un lugar que la historia ya le había negado. Su presencia era un recordatorio de que las deudas de sangre nunca se cancelan del todo.
Agotados, con los músculos temblorosos y la mente nublada por los vapores de la alcoba, los reyes tuvieron que enfrentar lo inevitable. El tránsito de la cama al trono fue un descenso doloroso. La sala principal del castillo se sentía gélida, un contraste brutal con el calor febril de la habitación. Allí esperaba la viuda. Sus arrugas eran surcos profundos en un rostro que alguna vez fue el epítome de una belleza legendaria, pero que ahora solo reflejaba una presencia de rencores y amarguras. Era una reliquia de un tiempo de traiciones, una estatua de carne que aún respiraba odio.
Bajo el implacable peso de la etiqueta ceremonial, la viuda tuvo que realizar el acto más amargo de su existencia. Según las leyes de la sangre y el linaje, Thomas debería haber sido quien se inclinara ante su madre, pero el orden natural había sido subvertido por el decreto del dolor. Ante el daño irreparable que ella había causado a la estabilidad del reino y a la integridad de su hijo, el protocolo se había invertido. Fue una humillación pública y silenciosa: un beso forzado al polvo del salón frente a los guardias que alguna vez le temieron.
—Thomas, tu madre te ha esperado mucho tiempo —murmuró la anciana, dejando que una delgada lágrima rodara por sus mejillas ajadas. Era un gesto calculado, una pieza de teatro diseñada para despertar una lástima que Thomas ya no era capaz de sentir.
—Emperatriz viuda —intervino Thomas, su voz sonando como el choque de dos espadas de acero en un cementerio—. Está usted ante su Rey y su Reina. No tiene permiso para pronunciar mi nombre de pila, ni el de mi amada esposa, sin una autorización explícita que no tengo la menor intención de conceder.
La anciana apretó las mandíbulas con tal fuerza que sus dientes crujieron. Paciencia, paciencia, se repetía como un mantra oscuro mientras sentía cómo su odio fermentaba en su interior como un vino echado a perder.
Catherine, con la palidez de una estatua de mármol y una mirada cargada de una autoridad que no necesitaba gritos, le indicó a Edward que retirara a la mujer de la sala. El aire mismo pareció limpiarse, despojándose de una presencia ponzoñosa cuando la viuda salió arrastrando sus pesadas vestiduras. Sin embargo, una tensión nueva, más vibrante y eléctrica, ocupó el vacío.
En el salón solo quedaron el Conde y Raluca, amigos leales que habían aprendido a leer los silencios de la pareja real. Catherine, que hasta ese momento se había mantenido imperturbable, palideció de forma alarmante. Un mareo súbito la obligó a aferrarse con dedos blancos al brazo tallado del trono. Unas leves arcadas, sutiles pero definitivas, anunciaron lo que ellos más temían y lo que la corona más anhelaba: un heredero estaba gestándose en el epicentro de aquel amor tumultuoso.
La noticia de que la Reina portaba vida en su vientre se propagó por el castillo y la capital como un incendio forestal en verano. Un nuevo príncipe significaba estabilidad, la continuación de un linaje que muchos deseaban ver extinguido. Pero para Catherine, ese niño era también un blanco pintado en su pecho. Las gentes del pueblo, en las tabernas y los mercados, celebraban la "gracia infinita" del rey, creyendo ingenuamente que un bebé aseguraría la paz frente a los daneses. No comprendían que en la alta política, un niño es a menudo una sentencia de muerte para sus padres.
—Mi rey… —murmuró Catherine más tarde, en la sagrada intimidad de sus nuevos aposentos. Sus manos, antes firmes para sostener la pluma o el puñal, ahora temblaban levemente mientras frotaban su vientre, apenas una curva imperceptible debajo de la seda.
Lágrimas de una felicidad genuina y aterrada escaparon de sus ojos. Thomas la observó con una mezcla de adoración religiosa y terror absoluto. Sabía que ahora, tanto ella como la pequeña chispa de vida dentro de ella, corrían más peligro que nunca. Un heredero al trono era una amenaza para la aristocracia que Catherine había intentado purgar. Aunque ella había descabezado a la facción más ruidosa de la viuda, sabía que las sombras siempre encontraban grietas por donde filtrarse.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo Thomas, besando las lágrimas saladas de su rostro. El sabor a sal y calor le resultó extrañamente agradable, simplemente porque provenía de ella.
Para alejarse de las lenguas bífidas de la corte, Thomas ordenó a Edward que los condujera a su refugio más sagrado. El viaje fue corto, bajo el manto de una noche estrellada que parecía querer rozar sus cabezas. La brisa nocturna acariciaba el cabello de Catherine, dejando un rastro de polvo de antaño y olor a pino. Las hojas secas se mecían en pequeños torbellinos, jugando con los reflejos de la luna sobre el suelo del bosque.
Thomas levantó una antorcha. La luz anaranjada y vacilante reveló el pequeño huerto que ambos habían abonado en secreto tiempo atrás. Allí, entre la tierra fibrosa y oscura, los primeros brotes verdes comenzaban a rasgar la superficie, luchando contra la gravedad para alcanzar el aire.
—Aún falta, pero es un comienzo —dijo Catherine, arrodillándose para tocar la tierra con la punta de los dedos.
Su optimismo era la única luz verdadera en la vida de Thomas. Catherine navegaba entre ideas que la época consideraba delirios: hospitales para los pobres, una especialización en jueces que no buscaran la enmienda moral del pecador, sino el ejercicio estricto del derecho para proteger al ciudadano del abuso del noble. Catherine ejercía un poder político invisible pero aplastante; era demasiado brillante para ser opacada, y Thomas, consciente de su propia tendencia a la indulgencia, había comenzado a delegar gran parte de la autoridad ejecutiva en ella. Él sabía que su madre aún movía hilos en las finanzas del reino, y por ello, Thomas cubría los "pozos" económicos de Catherine con su propio patrimonio, asegurándose de que sus proyectos sociales nunca se detuvieran por falta de oro.
La observaba mientras sus manos acariciaban los pequeños brotes. Catherine parecía navegar en un paralelismo místico entre la tierra que daba frutos y su propio vientre que gestaba un rey. Su pecho se inflaba ante la idea de una familia que no cometiera los errores sangrientos de los Spinghter ni las crueldades de sus propios parientes. Eran ricos en amor, pero esa riqueza los hacía blancos fáciles.
—Mi rey —dijo ella, levantándose y brillando bajo la plata de la luna—, hay algo que me inquieta en estos días de aparente paz.
—¿Qué desea mi reina? —respondió él, atrapado en la hipnosis que sus ojos marrones <casi miel> siempre le provocaban.
—Tras la guerra, hemos dado a los soldados un descanso que merecen, pero somos Inglaterra. Somos una nación construida sobre el filo de la espada. Creo necesario entrenar a nuevos reclutas, crear una leva que no dependa de la voluntad de los señores feudales, sino directamente de la corona. Nunca sabemos cuándo la oscuridad cruzará de nuevo el canal.
El razonamiento era impecable y cruelmente necesario. Thomas recordaba los rostros de los daneses, hombres que no temían a la muerte. Si volvían a atacar, la estrategia de Catherine sería la única barrera entre la civilización y la barbarie. Ella había acertado en cada predicción política hasta la fecha, y su confianza en ella era ahora un dogma.
—Se hará de acuerdo a tus deseos —susurró Thomas, sellando el pacto con un beso en su mano, mientras paseaban por el pequeño laberinto de su refugio.
Entre las sombras proyectadas por los árboles centenarios, los hombres de confianza de Thomas —sombras entre las sombras— evitaban el paso de los "ratones" enviados por la emperatriz viuda. Sabían que la anciana daría cualquier cosa por encontrar este refugio, por descubrir el centro del laberinto que Thomas había diseñado para proteger su felicidad.
La viuda, en sus aposentos del castillo, se retorcía ante la noticia del embarazo. Cada vez que imaginaba a Catherine con un niño en brazos, sentía que una parte de su propio poder se evaporaba. Sin embargo, en la profundidad de sus ojos, el brillo de la locura no se había apagado por completo. Sabía que la guerra de desgaste apenas comenzaba.
Un niño nacido del amor era una anomalía en su mundo de matrimonios pactados y odios heredados. Para ella, ese feto no era una vida, sino una pieza de sacrificio que aún no había entrado al tablero. Mientras Thomas y Catherine se abrazaban en el jardín, jurando proteger los brotes verdes de la tierra y del vientre, la emperatriz viuda afilaba sus garras en la penumbra, esperando el momento en que la luz de la luna finalmente se ocultara tras las nubes de la traición.
La plenitud de los reyes, ricos en amor y confianza plena, era el mayor insulto para aquellos que solo conocían el frío del poder. Y en Inglaterra, el frío siempre encontraba una forma de entrar en las casas, incluso en las más protegidas.







