XIII

El barro de los campos sajones ya no era tierra, sino una amalgama asfixiante de lodo, heces de caballo y sangre coagulada que chapoteaba con un sonido viscoso, casi rítmico, bajo los cascos herrados del semental. El aire en el valle apestaba a una mezcla de ozono tras la tormenta y el olor dulzón y pesado de las cavidades abdominales abiertas al sol. El animal, con los ijares bañados en una espuma amarillenta y espesa y los ojos desorbitados por un terror que sobrepasaba el entendimiento animal, galopaba hacia el campamento real como si huyera del mismísimo infierno o como si las almas de los caídos tiraran de su cola desde el fango.

Sobre su lomo, un soldado de ojos inyectados en sangre, cuyas córneas apenas se distinguían entre el polvo y la fatiga, sostenía un trofeo que desafiaba toda cordura humana. Con su mano derecha, cuya garra estaba ennegrecida por la pólvora, el sudor y la grasa de los degollados, movía rítmicamente de un lado hacia el otro la cabeza cercenada de uno de sus enemigos más feroces. Los tendones del cuello colgaban como raíces muertas, goteando un licor oscuro que se mezclaba con el sudor del caballo. Intentaba con todas sus fuerzas, con una voluntad que rozaba la psicosis, llevar aquel despojo putrefacto a los pies de su rey, convencido de que aquel horror era la única moneda válida para comprar la redención de su linaje.

El rostro del muerto era una máscara de espanto eterno, una efigie de la sorpresa ante la extinción. La lengua, grisácea, hinchada y bífida por el frío de la muerte, asomaba entre unos dientes amarillentos que, en vida, habían ladrado órdenes que masticaron la libertad de miles de hombres. Aquel jinete no solo cargaba carne muerta; cargaba sobre su montura la posible paz de su nación, una carga tan pesada que sus nervios, destrozados por el estrépito de la carnicería y el chirrido del acero contra el hueso, se manifestaban en los espasmos incontrolables de sus manos. Necesitaba llegar a la carpa real antes de que el peso del pecado cometido —el asesinato de un rey mientras dormía— le hiciera perder el último rastro de juicio que le quedaba en el cráneo, antes de que el espíritu del decapitado empezara a hablarle en la oscuridad del bosque.

Los centinelas del cordón exterior, figuras espectrales envueltas en capas de lana sucia, al ver el bulto sangriento que el jinete portaba —una esfera de carne y hueso que goteaba hilos de un carmesí oscuro sobre el pelaje del animal—, sintieron un escalofrío que no provenía del viento del norte. Corrieron a abrir las pesadas telas de la tienda real, cuyo interior olía a cera de abeja y vino rancio. Thomas, el rey guerrero, un hombre cuya estatura parecía aumentar bajo la luz de las antorchas, se adelantó hacia el encuentro del mensajero. Sus botas se hundían en el suelo alfombrado, manchándolo irrevocablemente con la inmundicia del exterior, un rastro de fango que simbolizaba la entrada de la guerra en el santuario del mando. Al bajar la mirada, sus ojos se cruzaron con los del difunto soberano danés: Skorvald, el Rey del Mar Negro.

Aquel hombre, cuya sombra había cubierto Inglaterra como un sudario de ceniza durante meses, había sido el más fuerte de entre todos los presentes, una mole de músculos endurecidos por la sal y cicatrices que se decía forjada en el fuego de los volcanes boreales. Sin embargo, en su momento más vulnerable —quizás traicionado por la lujuria de una esclava comprada con sangre o vencido por un sueño inducido por el hidromiel —, Skorvald había sido atacado sin rastro de compasión. Su cuello había sido desgarrado por un acero sin honor, un corte sucio que no buscaba la gloria del duelo, sino la eficacia del matadero. Inglaterra reclamaba su gloria a través de un regicidio que olía a cobardía y hierro oxidado, una victoria que sabía a ceniza en la boca de los hombres justos.

Pero la gloria es una amante de aliento fétido que suele volverse contra quien la reclama con manos sucias. Las noticias de la decapitación volaron como pan caliente entre los involucrados, cruzando las aguas gélidas de los fiordos hasta llegar a los oídos del heredero del Mar Negro. Dravenhild, el Portador del Martillo, no era una criatura nacida de la piedad ni del amor. Se murmuraba en los salones de piedra del norte, donde el fuego nunca calienta los corazones, que Dravenhild había sido alimentado desde su primera dentición con sangre de ciervo herido y carne humana arrancada de los enemigos caídos; un ritual chamánico para endurecer su espíritu contra la debilidad de la empatía.

Era un guerrero más hábil que su padre, una bestia dotada de una inteligencia depredadora que sobresalía por encima de cualquier hombre o mujer. Sus repentinos cambios de humor eran como tormentas eléctricas sobre el mar: en un momento podía ser la calma más absoluta, un frío que congelaba los pulmones, y al siguiente, un torbellino de hachas y vísceras que no dejaba ni el recuerdo de sus enemigos en la tierra. El respeto que le profesaban sus hombres no nacía de la lealtad feudal, sino de un pavor religioso hacia aquel que caminaba entre los vivos como un heraldo de la extinción, un hombre que no buscaba tronos, sino el fin del tiempo de los hombres.

En el palacio, a leguas de distancia del barro y la sangre, los sueños de Catherine parecían haber tocado finalmente los deseos de un universo indiferente y cruel. Lo que tanto le había costado gestar en las sombras de los pasillos —una red de espionaje tejida con hilos de seda y veneno, sobornos a clérigos y promesas rotas antes de ser pronunciadas— ahora podía ofrecérselo a su esposo como una muestra de agradecimiento, lealtad y, sobre todo, un amor que era más una cadena de hierro que un sentimiento noble. Catherine no amaba como las demás; ella poseía.

No obstante, los anhelos de sus pares no le resultaban en absoluto provechosos. Ella sentía el peso de la envidia sobre su nuca como una gota de agua fría que nunca termina de caer. Era ese aliento gélido de quienes intentaban callar su voz en cuanto ella se retiraba de los salones de baile, esas miradas que buscaban la mancha en su vestido o la duda en su voz. Catherine vivía envuelta en infinitos bucles de sentimientos encontrados, una espiral de paranoia y ambición que la obligaba a despertar cada mañana con la guardia en alto, los sentidos agudizados como los de un lince, lista para morder la yugular del mundo antes de que el mundo decidiera morder la suya.

—Conde —pronunció la reina, y su voz sonó como el roce de una navaja sobre el terciopelo. Una sonrisa de una belleza inquietante, casi irreal, se dibujó en sus mejillas rosadas, un contraste violento con la frialdad de sus ojos.

El Conde la observaba desde las penumbras de una columna con una fijeza que rozaba la necrofilia espiritual. Para él, Catherine no era una mujer, ni siquiera una reina; era una posesión que debía ser arrancada del flujo del tiempo, preservada bajo su ala como una mariposa clavada en un alfiler de plata. En sus perfectos y oscuros planes, él era el único digno de habitar el espacio vital de la soberana, el único que debía rozar sus dulces carnes y respirar el mismo aire estancado de su ambición. Ni siquiera Raluca, la fiel servidora que conocía los secretos de su alcoba, debía acercarse a ese círculo de intimidad que el noble había trazado con la sangre de su propia paciencia y los restos de su humanidad descartada.

—Su servidor, mi reina —respondió él, saliendo de las sombras con una elegancia que resultaba antinatural. Tomó el pálido guante de seda de Catherine con una presión mínima, pero posesiva. Lo besó con una parsimonia tan prolongada que hizo que el vello de los brazos de ella se erizara, no de placer, sino de una alarma instintiva.

El Conde podía sentir el latido frenético de la yugular de la reina incluso a través de la distancia que marcaba el protocolo; sus colmillos le ardían en las encías, una pulsación dolorosa y eléctrica, hambrientos por perforar la porcelana de su piel blanca y probar aquel icor dulce, tibio y regio que la mantenía con vida. Deseaba beberse su autoridad, tragar su voluntad hasta que ella no fuera más que una cáscara vacía que solo él pudiera llenar.

—Como bien sabes, nuestro rey volverá pronto victorioso por la gran entrada triunfal. El pueblo necesita pan y felicidad, pero yo necesito orden —Catherine caminaba de un lado a otro, su vestido de terciopelo pesado crujiendo contra el suelo de mármol como el siseo de una serpiente sobre la hojarasca—. Necesito que verifiques con un rigor maníaco, con una crueldad si es necesario, que el hospital de campaña funcione correctamente. Quiero que los médicos sean amables con los soldados que han sangrado por nosotros. No quiero quejas de hombres que han perdido miembros por Inglaterra.

Se detuvo frente a un ventanal, observando los jardines grises. —Si esos carniceros de batas blancas no se sienten satisfechos con su pago o con el suministro de opio, diles que lo tomen directamente del presupuesto de su reina. Prefiero un tesoro vacío que una armada resentida llamando a mis puertas con sus muñones. El dinero se recupera; la lealtad del acero, una vez perdida, se convierte en la soga que te ahorca.-suspiró rosando el frío vidrio-

Catherine le dio la espalda, un gesto de confianza suprema o de desprecio absoluto, dirigiéndose hacia la gran academia donde se formaban los futuros jueces del reino, aquellos que legalizarían sus futuros crímenes. El Conde, en un silencio absoluto, devoraba con la mirada la silueta de la mujer, trazando con su mente la línea de su cuello, anhelando el momento en que la voluntad de ella se quebrara ante la suya.

Desde un costado de la sala, oculto entre los tapices que narraban glorias pasadas, Edward, el caballero de la reina, observaba la reacción impúdica del noble. Sus ojos, acostumbrados a vigilar la oscuridad, captaron el deseo animal y la sed en el Conde. Edward apretó el pomo de su espada hasta que sus nudillos blanquearon, pero no podía denunciarlo. No podía hacerlo porque el eco de ese mismo deseo habitaba en su propio pecho; él también veía a su reina con una devoción prohibida, un culto secreto que lo atormentaba cada noche en su catre de soldado. La diferencia radicaba en el remordimiento que corroía el alma de Edward como el ácido.

Él era un hombre de una lealtad casi exagerada, una esponja que absorbía sus impulsos, sus gritos y sus anhelos para transformarlos en un martirio silencioso de vigilia y acero. Había pensado incluso en casarse con una mujer de la baja nobleza a la que despreciaba, una mujer sin rostro ni alma, solo para alejar de su mente la imagen abrasadora de Catherine desnuda de títulos y sedas.

—Edward, ¿qué sombra te tiene tan absorto? ¿Acaso ves fantasmas en mi salón? —la voz preocupada, matizada con un deje de ternura que él no merecía, lo trajo de vuelta a la luz hiriente del día.

—Mi reina, hay algo dulce y amargo en mis entrañas, una mezcla de hiel y miel que me produce un malestar indescriptible —confesó el guerrero, bajando la mirada para no perderse en la miel de los ojos de ella, por miedo a que ella leyera su traición—. Lamento importunarla con las miserias de un humilde siervo que solo debería conocer el peso de su armadura.

Catherine rio, un sonido cristalino y puro que para Edward era más sagrado que cualquier oración litúrgica, un sonido por el que moriría. —Edward, eres el único con el que puedo permitirme el lujo de ser yo misma, sin máscaras. Eres quien me protege de la muerte física y, lo que es más importante, de mi propia vergüenza. Si esta reina puede hacer algo por tu pesar, dímelo, y moveré el cielo, el infierno y las fundaciones de esta isla para aliviarte.

El soldado sintió un fuego ardiente recorriéndole el cuerpo, una llama que consumía sus votos de castidad y obediencia. Por ella, él sería escudo contra lo visible y espada contra lo invisible; sería el monstruo bajo la cama de sus enemigos o el ángel de la muerte en su puerta. Incluso si tuviera que desafiar las leyes de la física, de la ciencia y de lo que existe en el universo entero, lo haría por ella, condenando su alma al fuego eterno con una sonrisa en los labios si eso le garantizaba a ella un segundo más de paz.

Mientras tanto, en las profundidades de sus estancias cargadas de un olor rancio a incienso, hierbas amargas y decadencia biológica, la Emperatriz Madre rumiaba su odio como una bestia vieja que mastica huesos secos. Ante tanto negativismo acumulado en sus paredes, sentía que la estructura misma del palacio se cerraba sobre ella, asfixiándola. Estaba ansiosa por desatar sus planes, por ver la sangre correr por los desagües, pero sabía que un solo paso en falso, un susurro mal colocado, arrojaría su legado de siglos a la borda. Estaba convencida de que los daneses no se darían por vencidos; asesinar a Skorvald no era una victoria, era una invitación a un apocalipsis de hachas y fuego, pues el Rey del Mar Negro era un dios entre los bárbaros, y los dioses siempre exigen sacrificios de sangre de quienes los derriban.

El Conde, esa criatura de sombras que ella creía controlar, le había asegurado bajo un juramento de sangre que le entregaría la cabeza de la "sucia reina" Catherine. Para la Emperatriz viuda, Catherine era una advenediza, un parásito que seguía desafiando su autoridad milenaria con una insolencia que clamaba al cielo. La joven que había llegado al palacio con un carácter dócil, una niña que bajaba la mirada, se había convertido en un bastión inexpugnable, protegida por una armadura de astucia y una red de lealtades masculinas que la Emperatriz —en ese entonces— no lograba perforar con sus venenos habituales ni con sus intrigas de alcoba, solo era mediante un exceso de dinero que había recibido por una cascada de sangre que Catherine había logrado efectuar.

Ahora, a la anciana solo le quedaba el recurso del silencio definitivo, la paz del sepulcro. Observaba con dedos temblorosos el retrato de su único hijo, el rey Thomas. A él lo había amado con una devoción posesiva y enferma durante su niñez, tratándolo como una extensión de su propio cuerpo; pero ahora lo despreciaba por haberse vuelto tan inútil, tan blando y tan ciego ante el poder de Catherine, tal como su difunto marido se había ablandado antes de morir.

El único remedio que quedaba en el corazón seco de la Emperatriz, una víscera que ya no bombeaba amor sino hiel, era el de dormir a su propio hijo por la eternidad. Quería separarlo de Catherine a través de la mortaja pesada, quería que ambos se reunieran en el vacío absoluto del Hades, para que la reina que se pronunciaba en su contra dejara finalmente de respirar el aire que, según su delirio de grandeza, solo le pertenecía al linaje puro de la muerte. La traición ya no era una posibilidad estratégica; era una sentencia que se ejecutaba en la penumbra de los pasillos reales, un veneno que ya estaba servido en las copas de la historia, pero que aún no era hora de abrazar por completo. Esperaría a que la luna se tiñera de rojo con la sangre de los daneses para dar el golpe final.

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