Lyra
La habitación estaba sumida en una penumbra suave, rota únicamente por el resplandor de las brasas que aún crujían en la chimenea. Kael se había quedado dormido sentado en la silla junto a mi cama, con su mano grande y callosa rodeando la mía incluso en sueños. Lo observé durante lo que parecieron horas, trazando con la mirada las líneas de cansancio en su rostro y la cicatriz fresca en su sien. Mi Mate, mi roca.
El hombre que ayer era la Sombra de Acero lista para segar vidas, y hoy era solo un hombre que temblaba ante la idea de ser padre.
Llevé mi mano libre a mi vientre, deslizándola sobre la seda de mi camisón. Era increíble cómo el mundo podía cambiar en un latido. Ayer, en esa misma cama, solo sentía el peso de la guerra, el frío de la traición de Dorian y el dolor de los que ya no estaban. Pero ahora, había algo más. Una presencia eléctrica, sutil pero innegable, que latía en sincronía con el mío. Un nuevo Sol. El pensamiento me trajo lágrimas a los ojos, no de tristez