Kael
El aire de la sala de guerra era tan denso que casi podía saborear el resentimiento de los hombres frente a mí.
Castian y Caelum me observaban como si yo fuera una mancha de sangre en un altar sagrado. Durante dos meses, me había ganado su respeto profesional en el campo de entrenamiento, pero sabía que sus lobos aún gruñían cada vez que mi aroma se acercaba al de su hermana. Ellos no veían al hombre que entregó su fortuna; veían al hijo del monstruo que les arrebató su infancia.
Era el