Lyra
Dos meses. Sesenta días de sudor, de manos callosas y de noches apenas iluminadas por hogueras, habían obrado un milagro que desafiaba toda lógica. Me detuve en el balcón de la nueva Casa Alpha, una estructura de piedra negra y cuarzo que se alzaba sobre el risco más alto del valle. Desde aquí, la vista era sobrecogedora.
Lo que antes eran ruinas carbonizadas y cuevas húmedas se había transformado en una ciudadela vibrante. Habíamos reconstruido siguiendo los planos antiguos, pero mejorándolos con la tecnología que el oro de Kael nos permitió adquirir.
Las murallas exteriores, de tres metros de espesor, estaban reforzadas con placas de acero y sensores de movimiento bajo el valle, las plantaciones de invierno cultivos hidropónicos protegidos por grandes cúpulas de cristal ya mostraban los primeros brotes verdes, asegurando que mi gente no volvería a pasar hambre.
El comercio también había comenzado a florecer.
Alphas de manadas menores, impresionados por el resurgir de los S