Esa mañana, Isla estaba de mejor humor.
El color le volvía poco a poco a las mejillas y, aunque los ojos aún guardaban un tono de tristeza, se mostraba serena, con la mente firme.
Estaba sentada con Gabriel en la cama, con el teléfono en las manos. Con el dedo tembloroso, presionó reproducir en la grabadora de voz.
Gabriel se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, y apretó la mandíbula mientras escuchaba las voces. Los gritos y las palabras frías de Anna salían a través del altavo