Aurelian Wyndham estaba sentado tras el elegante escritorio de obsidiana de su oficina en casa, con el perfil de la ciudad alzándose como telón de fondo al otro lado de la pared de vidrio. Tres días de contratos, propuestas e informes de adquisiciones se habían acumulado en pilas ordenadas, todos pendientes de revisión, firma y sello.
Trabajaba de manera metódica; la pluma se movía en trazos rápidos y decididos. Cuando aprobaba un documento, lo deslizaba por el escritorio sin levantar la vista.