Mercy despertó despacio y, por un momento, se quedó mirando el techo sin pensar en nada. Entonces recordó que el día anterior había sido su cumpleaños. La certeza le cayó encima, lenta y silenciosa. No lo había celebrado. Ni siquiera una velita. Ni siquiera una felicitación de su familia.
Luego llegó otra verdad, más fría que la primera. A nadie le había importado.
Sí, había recibido algunos mensajes breves y corteses de amigos que estaban fuera de la ciudad. Gente bien intencionada, pero lejana