—Ya que están los dos aquí —comenzó Gabriel, con voz tranquila pero ansiosa—, creo que será mejor que lo diga de una vez.
Todas las miradas se volvieron hacia él. Había algo distinto en Gabriel ese día. El hombre conocido por su presencia estricta y autoritaria ahora se veía más suave, casi con una emoción infantil. Su severidad habitual había dado paso a una calidez, y una sonrisa le tironeaba los labios.
—Así que… —dijo, haciendo una pausa para entretener a su público— ahora tenemos una casa n