—Bienvenida a Wyndham Heights, señora.
Su voz sonaba serena, impecable y profesional. Mercy se volvió hacia quien hablaba y vio a un conserje alto y bien vestido. Tendría unos cuarenta años, llevaba el cabello negro peinado con esmero y un traje blanco impecable, hecho a la medida.
Bajó del auto despacio, como si temiera romper aquel momento si se movía demasiado rápido. Todo seguía pareciendo irreal.
—Gracias, señor… —empezó con cortesía.
—Sunny —dijo el hombre con una sonrisa cortés—. Me llamo